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Ellas estarán en la ciencia, si así lo deciden: Eileen Pollack

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Por Leticia Puente Beresford
Nueva York, febrero de 2015.- Su vida, su historia en torno a la ciencia, es fascinante. Investigó durante 10 años, preguntó, detalló lo que pasan las mujeres, lo bueno y lo malo, cuando se deciden por la física, las matemáticas, las ingenierías…
Eileen Pollack cuenta en su libro ‘The only woman in the room’ que ella era una de las dos únicas mujeres junto con 118 compañeros de clase del área de ciencias de la Universidad de Yale.
Ella buscó durante una década por qué hay pocas mujeres en la ciencia. Buscó respuestas a partir de 2005, luego de que Lawrence Summers, de la Universidad de Harvard, se lo preguntara.
Buscó las palabras de maestros y compañeras de clase, de mujeres de ciencia y a todos preguntó sobre las barreras que enfrentan las mujeres y que hacen que estén sub-representadas en la ciencia. Preguntó las razones, con el fin de aportar algo que redujera la distancia entre los géneros en su acceso al estudio y desarrollo de la ciencia.
Su conclusión es que, si las mujeres desean estar en esas disciplinas, lo pueden hacer, si es que realmente lo quieren.
En su intenso libro, la autora recuerda su vida, su crecimiento, su evolución durante años, con relatos de su vida hogareña, sus años de escuela durante los 60 y 70, así como su carrera profesional en el área de ciencias exactas, en la física y la matemática.
Dice que cada vez que tenía alguna duda, su profesor la remitía al estudio de los tres tomos de Richard Feynman, porque el mejor camino para entender lo que hay detrás de un problema de física es sentarse y estudiar a ese autor.
En su libro, Pollack divide su historia y su investigación en tres partes: Learning liberty, Surviving Yale y Return to New Haven.
Una mujer o un “cerebrito”
Eileen Pollack se tituló como física teórica, pero se inclinó por las letras y da clases de escritura creativa en la Universidad de Michigan.
Durante su primer año de universidad, la mayor parte del tiempo la pasó fuera de clase, en la biblioteca de ciencias o en otras clases de física superior. Nadie la invito a salir y dice que eso fue, posiblemente, porque pensaban que era “un cerebrito” o sospechaban que era inteligente, que era ambiciosa y competitiva.
“Estaba más interesada en la ciencia y en las matemáticas que otras muchachas”, dice. Parecía que no era una mujer por completo, resulté que era como un hombre, recuerda. Sin embargo, entre sus vivencias cuenta cómo se inició en su vida sexual.
En el capítulo séptimo de su libro, titulado “Electricidad y Magnetismo”, Pollack reconoce que no fue fácil su carrera, ya que entre ecuaciones y desarrollo de sistemas funcionales, “cada que hacía una pregunta, no entendía la mitad de lo que decían”.
En contraste, Marie, matemática, le dijo que cuando los hombres no van bien en un curso, le echan la culpa al profesor, le reclaman o de plano se van a otra especialidad. En cambio, las mujeres se echan la culpa a sí mismas, es todo o nada, son perfectas o se salen.
Eileen le preguntó a Leslie, su compañera en la clase de física cuántica, si alguna vez se sintió fuera de lugar. Esta le contestó que “de vez en cuando, sobre todo en la clase de electrónica” y que “cuando sabes todo, te das cuenta de que eres mujer” y no necesitas ser hombre para saber.
En mi carrera, le dijo Eileen Pollack, enfrenté obstáculos psicológicos, aunque muchas mujeres que no tienen la oportunidad de estudiar ciencia quieren estar ahí.
En ese laboratorio, por razones de acción afirmativa en favor del género femenino, ahora están obligados a contratar a una mujer.
Beverly, otra de sus entrevistadas, le dijo a Pollack que eventualmente se sentía incómoda al ser la única mujer en el salón de clase. Luego se casó con un físico que da clases en Princeton.
Como estudiantes de ciencias, el tema de la maternidad las acorralaba, cuenta la autora, sobre todo porque ella y Leslie, su compañera en física cuántica, provenían de familias donde la mamá se quedaba en casa hasta que los hijos iban a la escuela y nunca oyeron hablar de guardería. ¿Qué deberíamos de hacer, dejar seis años el estudio de la física?, se preguntaban.
La física soledad
En la vida académica no todo era el estudio de lo exacto, recuerda la autora, aunque los desafíos le fascinaban, sobre todo cuando había que descifrar un problema de astronomía o matemáticas y esto le tomara cinco meses. Era una vida solitaria, el aislamiento en que estaba aprendiendo ciencias exactas, aislada también de los demás compañeros de clase.
Recuerda que cuando rompió con su novio fue el caos, pero se repuso y en sus estudios dio lugar lo extra-físico, lo que le abrió la puerta a la filosofía literaria. Ahí se encontró con su talento y se convirtió en escritora, tras pasar tres años en la Universidad de Yale. Cinco de sus profesores la animaron a alejarse de la física teórica, donde siempre se sintió sola, en contraste con la camaradería y el ánimo que le dieron la literatura y la filosofía.
Eileen escritora
En su intento por buscar una clase de literatura, no logró ingresar con Harold Blomms al seminario de Wallace Stevens, porque era de los más avanzados. Sin embargo, sí se pudo inscribir con Jacob Bronowski, con quien publicó en Yale Cientific.
Siguió con emoción a su profesor Martin Goldman, quien estaba intrigado porque una estudiosa de la física quería estar en el curso de escritura. Ahí había mayoría de mujeres, con quienes sintió una gran conexión, lo contrario a lo que sentía con sus compañeros de física.
Leyó todo lo que le pedían para sus cursos, pero también “El segundo sexo”, de Simone de Beauvoir y Los diarios de Virginia Woolf. Nunca me hubiera vuelto escritora si Herey no me hubiera dado ‘Goodbye and Good Luck’, de Grace Paley. Nunca había escuchado la voz de un autor que me recordara a mí misma, recuerda.
Pollack indica que su profesor John Hersey leyó uno de sus escritos y le dijo: “quiero que entiendas cuánto me llegó tu texto, me moviste, resonó en mi”. Y recuerda esa palabra porque la vibración es verdadera emoción, emoción física que llega al pecho de los lectores. Ella ama el cálculo como si leyera un poema, porque sin la física sería imposible predecir el comportamiento de cualquier objeto.
El género ¿cuenta?
La física no necesariamente es para todas las personas, dice Pollack, y pregunta si el género es importante para elegir una carrera, pues hay otras razones que influyen en las decisiones personales y que explican por qué la física no necesariamente es para todas las personas.
En su texto, Pollack recuerda el libro “Why so few? Women in science, technology, engineering and mathematics”, de la American Association of University Women, publicado en 2010, donde revela que sólo el cuatro por ciento de la fuerza laboral en Estados Unidos es empleada en ciencia, ingeniería y tecnología.
Pollack critica el sistema educativo y ubica ahí muchas de las razones por las cuales las mujeres tienen escasa presencia en las carreras científicas.
Sobre esto, su profesor Ed Wolff comentó que la preparatoria 98 por ciento de los estudiantes no toman cursos avanzados de matemáticas y quizá por eso muchos tienen un problema de actitud con las matemáticas: piensan que no pueden hacerlo y tienen miedo. Sin embargo, “las niñas son mejores en matemáticas que los niños”.
Para estudiar física, señala la autora, también es necesario haber tenido clases de pre-cálculo, porque eso ayudará bastante al llevar la carrera.
Londa Shiebinger, profesora de Stanford y autora de “Has feminism changed science?”, le dijo que es relativo que haya menos niñas en la clase de ciencias, porque la diferencia no está allí, sino que estriba en que, a la hora de obtener títulos académicos, “las niñas son educadas para ser modestas, mientras que los niños aprenden a exagerar su inteligencia, sus éxitos, su perspectiva de vida, incluso su altura y talla”. Y, en contraste, el talento de las niñas es desestimado por los niños.
Para Shelley Correl, profesor de sociología de Stanford, los niños son mejores en matemáticas y tienen mejores calificaciones “porque piensan que son mejores”.
Ella recuerda que siempre se sintió incómoda al estudiar ciencias y solo había dos o tres mujeres en su curso. Un profesor le confesó que es muy difícil trabajar con las científicas y hay algunos hombres que aseguran que las científicas no quieren ni trabajar con otras mujeres.
Son frecuentes las conductas sexistas en la escuela, recuerda Zhenya, a quien un asistente de investigación le dijo que su proyecto era una basura, que no tenía futuro, que se fuera a casa “a lavar trastes”.
Al entrevistar estudiantes de la Universidad de Michigan, una alumna le dijo que los muchachos de su equipo solo la dejaban tomar nota, no la dejaban hacer nada más. Sugiere que hay que hacer menos énfasis en la competencia dentro del salón de clase y ofrecer más la cooperación, pues no todo tiene que llevarte al aislamiento.
Pollack menciona que afuera de la oficina de la investigadora rusa Yevgeniya Zastavker hay un poster que dice: “Por cada niño al que le dicen siempre que lo sabe todo, hay una niña cansada de que la gente no crea en su inteligencia”.
La sociedad nos dice que no estamos hechas para ser inteligentes, que al crecer seamos felices y tener como trofeo ser “la esposa”, pero no hagan caso sobre lo que la gente espera de nosotras.
Por eso, dice, es tan importante impulsar y dar confianza a las alumnas, a las niñas y jóvenes, porque necesitan con más frecuencia que los hombres ser impulsadas, debido a que se desarrollan en una sociedad sin equidad.
Esa inequidad hace que las mujeres vayan más a carreras donde las matemáticas no tienen un peso tan importante como en la física, las ingenierías o la computación. Recuerda que solo 13 por ciento de mujeres obtiene lugares en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Yale. Además, los hombres también son más estimulados para publicar sus investigaciones mientras que las mujeres permanecen más aisladas.
La investigadora Nancy Hopkins explica que si una mujer de alta capacidad académica en su área se queda en casa al cuidado de los niños, le dan una palmada en la espalda, pero si un hombre deja su carrera por la misma razón, la gente le dice que está mal, le preguntan ¿qué pasa contigo? Y que está desperdiciando todo.
Sobre este punto, dice Virginia Valian en su libro Why so slow? The advancement of Women, que aunque los hombres publican más textos académicos que las mujeres, las publicaciones de ellas son mejor en calidad.
Jo Handelsman realizó un estudio en la Universidad de Yale, publicado en octubre de 2012, donde documenta el papel del género en las áreas de física, química y biología. Los llamados John fueron mejor recibidos a la hora de buscar trabajo y, más aún su salario era de más de 30 mil dólares, en comparación de las científicas llamadas Jennifer, que ganaban 26 mil 508 dólares.
Hay discriminación hasta en el caso de las distinciones académicas. Si una mujer gana el Premio Nobel, se dice de primera instancia que el descubrimiento seguramente lo hizo un hombre, que la mujer no es lo suficientemente capaz para algo así.
Debemos pensar todo esto críticamente, afirma Eileen Pollack.
¿Influyen las diferencias culturales?
Las diferencias culturales también tienen sus implicaciones en la exclusión de las mujeres de las ciencias. Por ejemplo, en uno de los campeonatos de matemáticas, una estudiante rumana en la Universidad de Harvard le dijo al periódico The New York Times que en su país las matemáticas “no son solo para cerebritos”, es para tener intuición y ser creativos.
Pollack menciona también lo importante que es tener confianza en sí misma, ser segura. Tal y como lo demostró Richard Feyman con su respetable 125 de IQ.
Otro tema es el del color de la piel, dice la autora de “The only woman in the room”. La aceptación en la Universidad de Yale no es nada fácil, como se lo dijo una administradora del área de inscripciones, sobre todo si se trata de alguien “de color”.
En febrero de 2012, el American Institute of Physics registró que en 130 países había solo 15 mil hombres y mujeres inscritos en la carrera de física y que en casi todas las culturas ellas sufrían discriminación, tanto en el área de laboratorio, como en la administración escolar, en el préstamo de equipo o en los viajes académicos.
Feminismo y cielo azul
La astrofísica Andrea Dupree le dijo a Pollack que para que las mujeres destaquen en la física teórica necesitan ser “audaces, un poco más agresivas y acertadas”, que tengan sentido del ego, la habilidad para hablar y, por supuesto, para pensar”. Es decir -afirma por su parte la autora de esta reseña- necesita las mismas capacidades y habilidades que un hombre, pero dentro de un ambiente de equidad.
En el último epílogo de su libro, titulado “El cielo azul”, Pollack afirma que su deseo es que en el mundo de la ciencia las minorías, negras y latinas, trabajen juntas.
Recuerda también que durante el desarrollo de su investigación para su libro, hizo algunas publicaciones en el The New York Times, donde interactuó con las y los lectores y estas le decían “hermana, necesitas seguir haciendo esto, estás hablando por nosotras”.
La madre del investigador Fisk le dijo “el éxito es la mejor revancha” y Pollack recomienda: “no se den por vencidas y no dejen sus carreras tan solo por criar a sus hijos, mejor es conseguirse a un esposo feminista”.
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Medio Alternativo, libre e independiente fundado en julio de 2006

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