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“EL SPLEEN DE BAUDELAIRE”

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Por: Javier Mendoza Aubert
para el programa LOS ATRACTIVOS DE LA NOCHE de RADIOAMLO.
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Quimera
El 9 de Abril de 1821 nace en Paris Charles Pierre Baudelaire, poeta crítico de arte y traductor francés, perteneciente a lo que Paul Verlaine denominó “Los Poetas Malditos” debido a su vida bohemia y llena de excesos, así como a la visión del mal y de la contradicción humana que impregna la obra de estos renegados antecesores del movimiento Beatnik y Hipie.
Hijo de Joseph-François Baudelaire y de Caroline Dufaÿs, cuando el pequeño Charles tenía apenas cinco años fallece su padre y le deja una regular herencia. En 1840 el futuro poeta se inscribe en la Facultad de Derecho y comienza a frecuentar a la juventud literaria del Barrio Latino, en donde entabla nuevas amistades como Gustave Levavasseur, Ernest Prarond, Gérard de Nerval, Sainte-Beuve, Théodore de Banville y Honorato de Balzac.
En ese tiempo de la segunda mitad del 1800, Paris era el centro del pensamiento europeo y, por lo tanto, Occidental, siendo el irresistible polo atrayente y aglutinador de filósofos, pintores, escritores, outsiders y poetas del mundo entero.
Baudelaire recorre todos los rincones, bares y callejuelas de Paris, en una interminable juerga, y escribe las viñetas de lo vivido en su libro “El Spleen de París”, que se podría traducir como “El ritmo sensible de París”.
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Paris
He seleccionado tres viñetas de este libro, en apariencia inconexas pero que retratan en toda su cruda belleza la visión que un poeta tiene sobre la gran ciudad francesa, esplendorosa y terrible, vital y a la vez mortuoria… un espacio urbano que la sensibilidad de Baudelaire experimenta como un grito ahogado que reverbera en las paredes de cemento y azulejo grisáceo, escenarios que nos son vendidos como la “modernidad”.
Esas viñetas son las siguientes:
   
UNO.- El perro y el frasco.
-Lindo perro mío, buen perro, chucho querido, acércate y ven a respirar un excelente perfume, comprado en la mejor perfumería de la ciudad.
Y el perro, meneando la cola, signo -según creo- que en esos mezquinos seres corresponde a la risa y a la sonrisa, se acerca y pone curioso la húmeda nariz en el frasco destapado; luego, echándose atrás con súbito temor, me ladra, como si me reconviniera, enojado.
-¡Ah miserable can! Si te hubiera ofrecido un montón de excrementos los hubieras husmeado con delicia, devorándolos tal vez. Así tú, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público lector, a quien nunca se ha de ofrecer perfumes delicados que le exasperen, sino basura cuidadosamente elegida.
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DOS.- Cada cual, con su quimera.
Bajo un amplio cielo gris, en una vasta llanura polvorienta, sin sendas, ni césped, sin un cardo, sin una ortiga, tropecé con muchos hombres que caminaban encorvados.
Llevaban cada cual, a cuestas, una quimera enorme, tan pesada como un saco de harina o de carbón, o la mochila de un soldado de infantería romana.
Pero el monstruoso animal no era un peso inerte; envolvía y oprimía, por el contrario, a los hombres, con sus músculos elásticos y poderosos; prendíase con sus dos vastas garras al pecho de sus monturas, y su cabeza fabulosa dominaba la frente de los desgraciados, al igual que aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos pretendían aumentar el terror de sus enemigos.
Interrogué a uno de aquellos hombres preguntándole adónde iban de aquel modo. Me contestó que ni él ni los demás lo sabían; pero que, sin duda, iban a alguna parte, ya que les impulsaba una necesidad invencible de andar.
Observación curiosa: ninguno de aquellos viajeros parecía irritado contra el furioso animal, colgado de su cuello y pegado a su espalda; hubiérase dicho que lo consideraban como parte de sí mismos. Tantos rostros fatigados y serios, ninguna desesperación mostraban; bajo la capa esplenética del cielo, hundidos los pies en el polvo de un suelo tan desolado como el cielo mismo, caminaban con la faz resignada de los condenados a esperar siempre.
Y el cortejo pasó junto a mí, y se hundió en la atmósfera del horizonte, por el lugar donde la superficie redondeada del planeta se esquiva a la curiosidad del mirar humano.
Me obstiné unos instantes en querer penetrar el misterio; mas pronto la irresistible indiferencia se dejó caer sobre mí, y me quedé abatido y más profundamente agobiado que los otros, con sus abrumadoras quimeras.
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TRES.- Las ventanas.
El que desde afuera mira por una ventana abierta, nunca ve tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrador que una ventana iluminada por una vela. Lo que se puede ver al sol, siempre es menos interesante que lo que pasa detrás de un vidrio. En aquel agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, padece la vida.
Por ejemplo, mas allá de las olas de los tejados veo una mujer, madura y arrugada ya, pobre, inclinada siempre sobre algo, sin salir nunca. Con su rostro, con su vestido, con su gesto, con casi nada he reconstruido la historia de aquella mujer, o, mejor, su leyenda, y a veces me la cuento a mí mismo, llorando.
Si hubiera sido un pobre viejo, yo hubiese reconstruido la vida suya con la misma facilidad.
Y me acuesto, orgulloso de haber vivido y padecido en seres distintos de mí.

 

Acaso me dirían ustedes: «¿Estás seguro de que tal leyenda sea la verdadera?» Respondo: ¿qué importa lo que pueda ser la realidad colocada fuera de mí, si me ayudó a vivir, a sentir que soy ahora lo que en llanto soy?
 
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Leído el miércoles 24 de Febrero “Día de la Bandera”, en el programa LOS ATRACTIVOS DE LA NOCHE, de RADIOAMLO, a altas horas de la noche…

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Acerca de Javier Ernesto Mendoza Aubert

Licenciado en Comunicaciones desde 1978, publicista/mercadólogo, Auditor ISO 9001:2008.

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