Your message has been sent, you will be contacted soon

Call Me Now!

Cerrar
Inicio » Destacadas » Por fin solos

Por fin solos

  • Array
Obtén el código QR de esta página o post.

Taches y tachones

Por fin solos

Para Octavio Raciel, colega, amigo.
A propósito de piedrecillas…

Cuento de Alejandro Ordóñez, leído en #LosAtractivosDeLaNoche

Llegué a casa a media noche, después de un agotador día de trabajo. Tenía semanas en que mi horario de labores, en la redacción, se extendía más allá de lo razonable. Para colmo, las pesadillas no cesaban. En cuanto quedaba dormido soñaba tragedias y desgracias: de pronto era un corresponsal de guerra al que degollarían los talibanes o era víctima de un accidente aéreo o me encontraba entre los rehenes de un ataque terrorista, cuyo desarrollo iba narrando en breves mensajes que enviaba al Diario a través de mi teléfono. Un sueño recurrente que me atormentaba y del cual no me era fácil despertar, por más que me esforzara, era aquél en el que me encontraba dentro de una angosta caja de metal, trataba de levantar las manos para abrir la tapa pero me era imposible, sentía como si fuese descendiendo por un abismo, percibía como la caja golpeaba contra los cantos de aquel hoyanco y para colmo escuchaba voces, gemidos, lágrimas, rezos; de pronto empezaba a caer una lluvia fina de piedrecillas y de arena que producía un ruido como si se hubiera desgajado un cerro sobre un automóvil. Las paladas de tierra no cesaban, aunque cada vez eran más tenues. Comprendía que me estaban enterrando vivo. Golpeaba la tapa del ataúd y gritaba con tanta fuerza y desesperación que a menudo despertaba a mi pareja sentimental de aquella noche quien, sin entender lo que ocurría, terminaba dando gritos como si la fueran a matar y así, nos fundíamos en un abrazo entre un mar de llanto. Por supuesto esa joven no volvía a quedarse a dormir en mi casa, ni esperanzas de que quisiera venirse a vivir conmigo.

Bebí un vaso de leche tibia y apagué la lámpara. Un sueño lúdico me llevó en veloz viaje hasta una iglesia. Era una boda de gente adinerada. La novia parecía salida de un magacín de modas. Alta, esbelta, elegante, guapa, guapísima. La fila para abrazarla era larguísima, yo no sabía qué papel jugaba en esa ceremonia pero me formé entre la multitud que reía festiva. Cuando estaba a punto de abrazarla y por qué no, de besarla, la iglesia se oscurecía, las risas se trocaban en lágrimas y la joven que hacía segundos reía feliz se encontraba solemne y seria, vestida aún de novia, con las facciones afiladas por la muerte, dentro de un féretro. Notaba que alrededor se hacía un silencio agobiante y luego éste era roto por gritos, acusaciones, como si fuera yo el responsable de aquella tragedia. Trataba de huir pero la gente bloqueaba la entrada y unas jovencitas me reprochaban haber propiciado, con mi conducta, la muerte de su amiga. Alegaba no sé qué en mi defensa y corría y corría. Luego el ruido y las chispas de las latas rozando el pavimento crecía, los cláxones pitaban ensordecedores, los amigos nos cerraban el paso, bloqueaban las avenidas y descendían de sus autos para gritar: ¡Vivan los novios! Mi flamante carcacha lucía en los cristales y hasta en la carrocería letreros de “recién casados”.

Llegamos al hotel, cargué a la novia que, como dije, era alta, elegante, esbelta y guapa, guapísima. Entramos a nuestro cuarto, repetimos: “por fin solos”, nos besamos; con calma, sabedores de que el tiempo nos pertenecía, empezamos a acariciarnos. Ella subió una pierna sobre la cama, yo deslicé mi mano por su pantorrilla, subí al muslo, palpitante y tibio, encontré una liga, la fui deslizando suavemente, disfrutando el contacto de mi mano con la media, bajé hasta su tobillo, y antes de extraer y aventar la liga al suelo besé su pie. Nos desnudamos, con la lengua fui libando el sabor agridulce de su piel. Bebí de sus esteros perfumados y frescos y nos amamos como si en ese momento se fuera a terminar el mundo.
Apagué de un manotazo el ronco zumbido de la alarma, sentí su cuerpo a mi costado y volví a dormir. Me despertó la claridad de la mañana, el cuarto olía a nardos, jazmines y rosas; sus huellas en la almohada de al lado y algunos cabellos largos y ondulados acentuaban su ausencia. En el suelo una liga blanca y sobre la cama un ramo de novia…

*  * *

Leído por el autor en #LosAtractivosDeLaNoche, programa de radioamlo.org, que se transmite los miércoles de las 11:00 pm, hasta altas horas de la madrugada. 

 

Etiquetas:

Leave a Comment

You must be logged in to post a comment.