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La culpa fue de Diego Godín

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Taches y tachones

Cuento de Alejandro Ordóñez

Para Rafa Martínez de la Borbolla, futbolero de corazón

caja fuerte 1¿No sería lindo nené? Me decía Pereyra y los ojos le brillaban por la emoción. ¿Podés imaginarlo?, otro Maracanazo. Y yo: no pibe, metele a lo que estamos, que se hace tarde. Además Italia es un hueso duro de roer. Un empate y ya tenés, en menos de lo que te lo cuento, a La Celeste de vuelta en Montevideo. ¿Por cierto, no te da miedo que regresen antes? ¿Y perderse el juego más importante de la azzurra, en los últimos años, entonces para qué tanto escándalo con el viaje de toda su familia a Brasil? Ucha, decía el pibe, mirá se me está haciendo que estás amargado y no sos nada divertido, ¿sabés?, están a horas de distancia. No será fácil para los nuestros, Italia es el inventor del catenaccio y olvidás que Buffon es imbatible y Andrea Pirlo todo un crack. ¿Sí y qué de la garra Charrúa?, además La Celeste cuenta con Muslera y Suárez. Yo sé lo que te digo, vos no imaginás lo que es estar en un estadio lleno de gente que grita y que te insulta; en cambio yo soy canchero, viví la presión del juego. Si mis goles eran de fantasía y la gastaba y la tallaba de lo lindo; apenas me vio jugar el inolvidable Granoche ofreció llevarme al Miramar y Aldo Díaz me quería en el Tacuarembó, aunque algunos pensaban que llegaría al Peñarol… de no haber sido porque con el malevaje me volví chorro y en el afane me apañaron otra cosa habría sido de mí; y de los años metido en Canelones ni te cuento porque esos tiras se pasaban de boludos. La prendo nené, la prendo bajito. ¿Verdad que sí?

Y yo, viendo el reloj de reojo, para que no se diera cuenta. Estará jugándose el primer tiempo, pensaba. Tenemos que ganar para que no nos echen del mundial, sería un deshonor no llegar ni a octavos de final. Afuera, la noche Napolitana había caído por completo. Las sirenas de los barcos surtos en la bahía se escuchaban en aquella elegante mansión y los faros de las embarcaciones brillaban como estrellas en medio de la oscuridad. ¿La prendo, la prendo, verdad que sí? Andá, petiso decí que sí, me calmará los nervios y ayudará a concentrarme. Y el disco giraba de izquierda a derecha o al revés y bajo la luz de la lámpara de mano veía aparecer y desaparecer vertiginosamente los números: tres a la derecha, dos a la izquierda. Bueno pibe, si creés que eso ayudá, ponela pero bajito. ¿Qué hay del tal Mussolini?, pregunté. En el cuarto de la gurisa, contestó, en brazos de la gurisa y ya sabés que esa morena tiene fuego en la sangre. Así que podés darlo por muerto hasta el amanecer, por él, pierde cuidado.

El cronista de la televisión italiana nos decía como en un susurro lo que según él ocurría pero lo que nosotros veíamos en la cancha era otra cosa. Están haciendo tiempo, dijimos, saben que con el empate clasifican. ¡Vamos, vamos!, que aflore la garra charrúa y Balotelli se tiraba al suelo como si lo hubiera fulminado un rayo. ¡Farsante, mamarracho! Avanti Forzza Italia, gritaba el locutor. La palanca giró. Después de un leve chirrido la caja fuerte cedió, pero a quién podría importarle el tesoro de Ali Baba mismo si el locutor italiano gritaba indignado: ¿Expulsión, cómo que expulsión? Si fue un simple talloncito. Y nosotros: ¡Fuera, fuera! Marchisio vos sos un criminal, merecés cadena perpetua, no estarías tan orondo en Canelones y nos abrazábamos pensando ya en el triunfo. ¡Los tenemos, no hay que soltarlos!

El locutor grita indignado: Lo mordió, lo mordió y Chiellini muestra en el hombro desnudo las huellas de lo que él afirma fue una dentellada de tiburón y Suárez, taimadamente se acomoda la dentadura. Comételo crudo, Luis, pero vomitá luego, no te lo dejes adentro; sonreímos en la penumbra; de pronto Godín la prende de lleno y enciende con un testarazo electrizante las ilusiones de toda la gente del país de la banda oriental. ¡Gol, gol! Gritamos como si hubiéramos enloquecido súbitamente. ¿Lo ves, lo ves petiso? ¿No es lindo, nené? Que se cuiden los de la canariña porque La Celeste no perdona. Te lo dije. petiso, nos espera otro maracanazo. Y en eso estábamos cuando las lámparas de la biblioteca se encendieron y ahí, frente a nosotros, el tal Mussolini, deteniéndose con una mano los pantalones y con la otra apuntándonos con enorme pistolón. Andá, ordenó, llamá a los carabinieri, pero la gurisa, medio desnuda, detrás de él, no podía contener el llanto…

* * *

Leído por el autor en #LosAtractivosDeLaNoche, programa de radioamlo que se transmite los martes a partir de las 10:00 pm.

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