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Martin Luther King, el líder que amaba a sus enemigos

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Martin Luther King, el líder que amaba a sus enemigos

 

En enero de 1952, Martin Luther King conoce en Boston a la mujer que le “dio sentido a su vida”, la que supo mezclar y balancear  “amor” y “protesta”, su “luz de la esperanza en los momentos más oscuros”, la “amorosa”, la “comprensiva”, la “con coraje”, la que en alguna ocasión le dijo: “no importa lo que hagas, tendrás mi respaldo”. Sin su Coretta, es seguro que hoy MLK no aparecería en el calendario de festividades de EEUU.

 

De raza negra, raza fuerte por excelencia, Martin Luther King Jr. (MLK) era un individuo fuerte, no sólo en su accionar y en su voluntad, sino físicamente. Desde niño siempre fue una persona extraordinariamente saludable, física y mentalmente, decía que difícilmente sabía cómo se sienten las enfermedades. Aprendió de su padre la determinación por la justicia y de su madre heredó lo gentil. A comparación de la mayoría de afroamericanos, tuvo una vida cómoda y privilegiada, nunca pasó hambre. Creció prácticamente en la iglesia, su padre fue sacerdote, su abuelo fue sacerdote, su bisabuelo fue sacerdote, su único hermano fue sacerdote, el hermano de su padre fue sacerdote…

Antes de leer a Gandhi, MLK todavía creía en la lucha armada como única vía para resolver el problema de la segregación. En este aspecto Gandhi vino a cambiar radicalmente el rumbo de su vida.

MLK buscaba, muy a su manera, explotar los entusiasmos, los deseos de libertad, los enojos y frustraciones de millones de afroamericanos, para construir un movimiento de masas, efectivo, militante y no violento. Cuando va a dar a la cárcel, cosa que le ocurrió en varias ocasiones (conoció las celdas de Alabama, Florida, Georgia, Mississippi y Virginia), decía sentirse orgulloso de su “crimen”; el crimen de unirse a su pueblo en protesta pacífica contra lo injusto; el crimen de buscar inculcar a su pueblo un sentido de dignidad y respeto en sí mismos; el crimen de anhelar para su pueblo el inalienable derecho de la vida, la libertad y búsqueda de la felicidad; el crimen de buscar convencer a su pueblo que la no cooperación con el mal es una obligación moral.

En medio de los ataques terroristas, perpetrados por blancos en contra de negros, en donde era muy probable que las víctimas no obtuvieran justicia, MLK incitaba a su gente a “mantener la calma”. Muchos se preguntaban: ¡Cómo mantener la calma si vas a un restaurante y sólo a ti te dicen que te tienes que mover al cuarto de atrás! ¡Cómo mantener la calma después de que tiran una bomba en tu casa! ¡Cómo mantener la calma después de que una explosión de dinamita mata a jovencitas negras en nuestra iglesia! ¡Cómo mantener la calma frente a los grandes chorros de agua pegándote en la espalda, frente a los perros policías tirándote de mordidas y los policías dándote de palos! No podemos saber si MLK antes de dormir se tomaba la cabeza y lloraba de frustración, pero sí es bien conocido que de día no perdía el tiempo para llamar a sus seguidores a apegarse estrictamente a la filosofía de la no violencia. Era como si las fuerzas de la historia le estuviesen poniendo a prueba, provocándolo a cada instante. Le llovían las críticas de gente que era más militante que él. Para muchos, la filosofía de ofrecer la otra mejilla era una estrategia masoquista. Decía Malcolm X, su crítico más importante, que MLK era un invento del blanco, que fue colocado en esa posición de liderazgo para apaciguar al negro que cada vez se hartaba más y más del terrorismo del blanco. MLK decía no estar dispuesto a rebajarse al nivel de los blancos racistas.

Era una combinación de militante y moderado; un cristiano, que creía en la inmortalidad; un anticomunista, que después de haber leído a Carlos Marx, su percepción acerca del comunismo como algo maligno no cambió en nada; un fiel creyente de la democracia estadounidense; lector de Plato, Aristóteles, Rousseau, Hobbes, Bentham, Mill y Locke, decía que los verdaderos líderes no son aquellos quienes buscan consenso, y se consideraba a sí mismo no un “líder de consenso”, sino un “moldeador de consensos”. No quería ser de los que se guían por encuestas sobre las tendencias de la época. Creía en la gradual caída del capitalismo pero al mismo tiempo no estaba en contra del sistema capitalista. Se tomaba enserio la afirmación de Thomas Jefferson de que “todos los hombres fueron creados para ser iguales”. Desde una perspectiva de cristiano, creía que la riqueza no era un pecado, al menos de que el rico ignorara al pobre: “Si EEUU —decía— no usa su enorme riqueza monetaria para acabar con la pobreza y hacer posible que todos los hijos de Dios cuenten con las necesidades básicas de la vida, se irá al infierno”.

Sobre permitir la participación de los blancos en el movimiento negro, al contrario de Malcolm X —quien decía que dejar entrar al blanco a tu organización significa que tarde o temprano éste tomará control de ella, por lo que aconsejaba: “los blancos pueden colaborar con nosotros pero no se pueden unir a nosotros”—, MLK, por su parte daba la bienvenida a los blancos a formar parte del movimiento. Decía que esto “no es una guerra entre el blanco y el negro, sino un conflicto entre la justicia y la injusticia”. A los blancos los veía como personas que hacen el mal pero que tienen potencial para hacer el bien, los veía como una “comunidad infectada con racismo”, paradójicamente, también “infectada con ideales de democracia”.

Con todo y sus defectos, fue visto como un foco de esperanza por millones y, como a todo líder de masas, le podemos aprender muchas cosas. Ese “algo” —llámese amor, justicia, libertad o dignidad humana—, tan preciado, valioso y precioso, por lo que tanto se sacrificó hasta el final de sus días, no lo buscaba entre piedras, cuchillos, botellas, palos o armas de fuego. La idea era agotar el argumento a favor de una lucha pacífica del “bien contra el mal”. En su momento, fue de los principales promotores de algo que para muchos líderes alrededor del mundo parecería un imposible: “amar a tus enemigos”. MLK, entendía claramente que para obtener cosas tan valiosas como la libertad no hay de otra más que conquistarla luchando.

 

Marco Dávila

maidaca85@gmail.com

 

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