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Crónica de algunas horas un día cualquiera en la Ciudad de México…

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 Uno. Desde anoche, mi estado de ánimo se manifiesta tan crítico e incierto como el estado que en estos tiempos guarda la Nación. Hacia las diez, diez y media de la mañana me entero a través de un tuit de radioamlo, que hay granaderos encapsulando gente en las inmediaciones del monumento a la Revolución, donde se encuentran plantados los maestros de la CNTE. Pronto, la información da cuenta de un enfrentamiento entre profesores de Veracruz y policías de DF; los primeros intentaron ampliar la zona del campamento, acción que impidieron los segundos, utilizando la fuerza. Poco antes de la una de la tarde, salgo a la calle por motivos de trabajo. Al pasar por la terraza del Sanborn’s que está frente al cen del pri, es notoria la inusual presencia de un montón de priístas tomando café, lo cual, aunado al sonido de un megáfono que se deja escuchar de fondo, me hace pensar que hay un cerco en las oficinas de su dizque partido. Al llegar a Insurgentes, corroboro tal hecho. Más que maestros veo muchos, muchos policías con casco y escudo. Sirviéndose de un equipo de sonido instalado en una pic-up blanca, un profe fija la postura de rechazo del movimiento magisterial ante el empleo de semillas transgénicas en el campo mexicano. Discreto, tomo algunas fotos y continúo mi camino hacia la estación Revolución del Metro.

Dos. Salgo del Metros en la estación Balderas y a las dos cuadras me llama la atención un gordo, no tan gordo, con una chamarra guinda y blanco, de ésas que usan los jugadores y exjugadores de futbol americano. Al pasar junto a él, leo el nombre que ostenta su chamarra, doy unos pasos más, me vuelvo y grito al gordo, ya no tan gordo como cuando jugábamos con los Tlacuaches de Voca 5: “¡Punzo!”. Punzo, así se apellida, me ve sorprendido y no tarda en reconocerme. Nos damos un afectuoso abrazo. Durante la charla mi viejo camarada me informa que el último sábado de cada mes un montón de exjugadores se reúnen en un restaurant del Paseo de la Reforma… ¡a las nueve de la mañana! Me cuenta que a esas reuniones, entre otros, va mi gran amigo y gurú Simón. “Está acabadón, me dice, pero igual de loco”. Intercambiamos teléfonos y nos despedimos. Yo me apresuro a cumplir mi pendiente laboral, que por lo demás resulta de lo más agradable, pues se trata de ver a un cliente que se volvió mi amigo; él actualmente juega beisbol (es mucho más joven que yo), y antes jugó americano, deporte del que platicamos, compartiendo recuerdos. Antes de volver a la ofi-casa, se me antoja ir a tomar un café. Para evitarme las apreturas del Metro decido ir a pie. La cantidad de gente y los puestos hacen difícil transitar por la banqueta de Arcos de Belén, por lo que decido caminar por la colonia que está entre la Plaza de la Ciudadela y el Eje Central Lázaro Cárdenas, zona próxima a la Voca 5 y por lo tanto llena de recuerdos. Pienso en mi amigo y gurú Simón. El es mayor que yo y recuerdo que me platicaba que tras el dos de octubre del 68, no había borrachera en la que no terminaran llorando, lamentando la aparente derrota del Movimiento Estudiantil. Escribo “aparente derrota”, porque después de tantos años, la lucha sigue y sigue y nuestra voluntad de cambio continúa invicta.

 Tres. Contemplando desde la terraza de El Cordobés el ritmo de la ciudad, tomo dos deliciosos cafés americanos y después me dirijo por la calle de López hacia la Alameda Central, para tomar el Metro o el Metrobús. Mi estado de ánimo ha mejorado considerablemente, no así el estado que guarda la Nación. Me lo recuerda la fuerte presencia policiaca, que comienza a notarse a medida que me acerco a la Alameda. Para enterarme de lo que pasa, decido no tomar ningún transporte público y hacer todo el camino de regreso a pie. Hay piquetes de granaderos en toda avenida Juárez. A la altura del Hemiciclo a Juárez se desarrolla un pequeño mitin. Ahí, vuelvo a ver la pic-up blanca con el equipo de sonido que vi frente al pri. Hay gente del SME, profesores de la CNTE y ciudadanos que se quedan, como yo, a escuchar a los oradores. Uno de ellos, un profesor, se dirige a los granaderos y les explica que ellos también son pueblo y que no deberían reprimir a sus iguales. Otro, hace énfasis en que el Movimiento Magisterial no sólo es contra la dizque reforma educativa, sino contra todas la reformas regresivas que pretende imponer el priísmo peña-salinista, sus secuaces y su amos. Continúo mi camino, mientras los asistentes al mitin cantan el Himno Nacional. En el extremo sur-poniente de la Alameda, observo que unos policías discuten con unos chavos que pretenden echar a volar unos globos de Cantoya. La discusión sube de tono, cuando un hombre mayor se dirige a los jóvenes y, prudente, les aconseja que no se aceleren, para evitar que las cosas pasen a mayores.

Cuatro. Atravesando Paseo de la Reforma se incrementa, en serio, la presencia policiaca. Discretamente he tomado algunas fotos y pienso tomar algunas más, pero no dejo de decirme a mí mismo: “Discretamente, hazlo discretamente”. Dos cuadras antes del monumento a la Revolución, cesa la presencia de la policía. Estoy en territorio de la CNTE. Es hora de la comida y así como algunos policías le entraban gustosos a las tortas que les habían repartido, los maestros comen o cocinan; unos descansan, otros conversan y, como es su san costumbre, algunos leen. Más adelante me percato que las oficinas del cen del pri ya no están cercadas por los profes ni custodiadas por la policía. Pareciera que todo ha vuelto a la normalidad, pero…

La normalidad en la ciudad es precaria, si no es que sólo aparente. Hoy pudo haber caído la gota que derramara el vaso o en términos de Mao, hoy pudo haber sido el día en que una chispa incendiara la pradera. Tal es el estado que guarda la Nación.
@Vegdelanoche

Nota editorial leída el 19 de noviembre de 2013 en #LosAtractivosDeLaNoche, programa de radioamlo.org, que se transmite los martes de las diez de la noche a la una de la mañana.

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