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Pablo Gómez: Medios militantes

Los medios de comunicación son más o menos militantes por dos causas principales: existe la libertad de expresión y ninguno es neutral en la lucha política. Desde el siglo XIX en que empezó la conquista de la igualdad ante la ley y los derechos fundamentales, los periódicos siempre asumieron una posición política más o menos clara. Algunas veces, el partido era un periódico; en otras, el periódico era el instrumento principal de propaganda y organización de un partido. Siempre, las publicaciones asumieron posiciones militantes.

En México, tuvimos periódicos que formaron parte de la historia del país. También es justo decir que la época más negra del periodismo mexicano corresponde a la del apogeo del priismo, es decir, a partir de 1946 y hasta 1971. En este último año, una represión sangrienta contra los estudiantes hizo aparecer un periodismo diferente cuando, al ser agredidos varios reporteros, publicaron notas y fotografías apegadas a lo que en realidad había ocurrido: acontecimiento histórico sin duda.

No obstante la libertad de expresión periodística que se ha conquistado, la militancia de los principales periódicos se hace, digamos, en forma soterrada, para no tener que decir con franqueza que se realiza de manera hipócrita. Mas abierta o encubierta, la posición básica de cada publicación no puede ser negada. Eso es parte de la lucha política.

El problema es complicado cuando esa militancia se hace a través de medios concesionados. A diferencia de una publicación cualquiera que existe en tanto tiene lectores y periodistas, los medios llamados electrónicos necesitan una concesión del poder político para el uso de un bien del dominio público. Conocemos países en donde los canales de televisión y las estaciones de radio corresponden a los grandes alineamientos políticos existentes en la sociedad debido a la diversificación de concesiones. Por otro lado, la televisión y radio públicas son una arena de conflicto interminable en tanto que con frecuencia el gobierno las quiere hacer francamente militantes.

En México, las cosas son peculiares. No existe ningún país grande donde el monopolio de la televisión sea tan fuerte, extendido e intolerante. Hay políticos y críticos que nunca aparecen en la pantalla, mientras los hay que son descaradamente promovidos, en especial cuando se les quiere dar a conocer ante el gran público. Los silencios de la televisión son estrujantes como en pocos países del mundo actual, entre otras cosas porque la prensa escrita es corta en relación con los habitantes. Todo esto ocurre bajo el manto de concesiones de un bien que es propiedad de la nación, es decir, de todos.

Aquí es donde la libertad de expresión se convierte en un derecho en cuyo ejercicio existe más maña que gracia. Cualquiera puede decir, escribir y publicar lo que quiera pero casi nadie va a recibir el mensaje. Además, lo que se expresa en la televisión es editado de tal manera que el concesionario escoge del discurso ajeno la parte más conveniente según su particular punto de vista e, incluso, le agrega algún comentario. Es innegable, en conclusión, que vivimos en un sistema de comunicación social de grandes masas enteramente manipulado, el cual, además, ya es anacrónico.

Es verdad que las cosas estaban peor antes de la más reciente reforma electoral que redujo el mercado de mensajes políticos en radio y televisión. Sin embargo, ahora el comercio político se realiza con elusión de la ley, fincada en la capacidad de los gobiernos de disponer de recursos públicos en forma discrecional y en la impunidad de las empresas de televisión. No ha terminado, en consecuencia, el ciclo de reformas que pudiera llevar a la emancipación del país del yugo de los empoderados concesionarios monopolistas del 80 por ciento de la cobertura de televisión.

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